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El fuego de San Telmo

Los marineros españoles del Siglo XIV debían soportar muchas penurias. Algunas reales, como el escorbuto, las tormentas oceánicas, los iceberg o la malnutrición; y otras tantas imaginarias, derivadas de la superstición, como los leviatanes, el abismo oceánico del fin del mundo o los albatros, portadores de muy malos presagios.

En medio de tanta desesperanza y angustia, había un suceso que traía esperanza a los sufridos marineros; hablamos del Fuego de San Telmo. San Telmo fue un mártir cristiano que murió allá por el 303 D.C. que como tantos otros Santos, experimentó terribles tormentos, fue torturado hasta tres veces, de formas tan macabras como imaginativas, y en uno de sus grabados que se conservaron durante siglos se le ve sosteniendo algo que parecía un mástil, así que los marineros lo convirtieron en su Patrón.

Estás en cubierta, batallando contra las salvajes embestidas del mar. La nave se desestabiliza, te hace caer una y otra vez; un compañero cae por la borda, el aterrorizado Capitán chilla que la brújula no para de dar vueltas, el agua que cae te ciega, y los terribles estruendos de los rayos tormentosos te sumergen en el miedo, la angustia y la desesperanza. Pero de repente alzas la mirada y lo ves: aparece un resplandor, una luz, un fuego azulado que emana del mástil del barco, es un fuego puro que arde sin que el barco sufra daño alguno, es una buena señal, San Telmo está con nosotros, y nos protegerá de esta terrible tormenta.

Los rápidos vientos que caracterizan las tormentas cargan electrostáticamente los objetos por fricción, y los fuertes campos eléctricos que se generan durante las tormentas eléctricas, son capaces de ionizar el aire. Esas dos condiciones pueden dar pie a lo que conocemos como el primer precedente de un tubo fluorescente: El fuego de San Telmo. En realidad es una descarga electroluminiscente, provocada por la enorme diferencia de potencial (voltaje) que se provoca en un mástil, así que cuando el aire se ioniza, adquiere las propiedades conductoras ideales para que se forme un pequeño plasma azulado de baja densidad y baja temperatura. Ese fenómeno inexplicable hace 5 siglos, se convertía en un faro de esperanza y buen presagio para miles de hombres que se embarcaban para hacer Las Américas en aquellos tiempos.

200 años después, un físico británico, Francis Hauskbee, logró reproducir El Fuego de San Telmo en su laboratorio. Logró una luz azulada ionizando un compuesto de vapor de mercurio, logrando una luz suficiente como para leer un manuscrito; lo más parecido que tenemos ahora es la típica lámpara decorativa de plasma que arroja un rayo al lugar donde nuestro dedo toca el cristal. Casi 200 años más tarde, el físico alemán Heinrich Geissler dio otro paso más, logrando luz mediante una bobina y un gas enrarecido, y Nikola Tesla presentó sus primeras patentes de lámparas de descarga en la feria mundial de 1893. (http://makezineblog.files.wordpress.com/2012/01/geissler-tube.jpg?w=503&h=640)

El problema de todas esas lámparas era que producían muchos tipos de radiaciones y muy poca luz en el espectro visible por el ojo humano, así que un equipo de físicos propuso recubrir las lámparas de descarga de un polvo de triplecarbonato que filtrara la luz utravioleta y la convirtiera en luz visible. Esa patente la adquirió General Electric allá por 1933, y desde entonces, cesó el desarrollo de la base tecnológica del desarrollo del tubo fluorescente. El mismo tubo fluorescente que mucha gente tiene en sus casas y comercios, es el mismo que saco GE hace 80 años. En efecto, se ha adelantado algo en cuanto a la eficiencia de los componentes arrancadores y limitadores de corriente que necesita el tubo para funcionar, pero poco más. En paralelo al desarrollo de la industria química, los ingenieros tuvieron más compuestos para experimentar, dando como resultado la invención de muchas otras lámparas de descarga, como el vapor de sodio de alta y baja presión, el vapor de mercurio, halogenuros metálicos, etcétera. Hasta las fugaces lámparas de inducción que vieron su fin prácticamente antes de haber empezado, que no son más que una pequeña optimización de los compuestos químicos y las magnitudes y frecuencia de alimentación de un tubo fluorescente, pero los lentos y modestos avances que se consiguen no pueden competir con el desarrollo de la era electrónica.

A diferencia de todas las lámparas de descarga, el LED tiene varias décadas de imparable desarrollo, avance tecnológico y un futuro prometedor. Señoras y señores, tenemos que mirar a otro lado, El Fuego de San Telmo nos acompañó durante siglos, dándonos primero esperanza y luego luz, pero es hora de dejarlo en el cajón de nuestros buenos recuerdos y de abrazar la tecnología LED.

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